VALLE GRAN
REY Y EL MODELO DE DESARROLLO INSOSTENIBLE. Por
Chácaras y Tambores de Guadá

La Playa 1965 al 2004
No hace tantos años que se empezó a alzar el desarrollo sostenible
como bandera: grupos ecologistas, movimientos ciudadanos, asociaciones estudiantiles...
e incluso más recientemente hasta algunos políticos se han subido
al carro. Pero, ¿Qué es el desarrollo sostenible?
Si lo asociamos a términos puramente turísticos, podemos hablar
de desarrollo sostenible cuando se consigue un equilibrio, entre desarrollo
turístico (en el sentido más extenso de la palabra), y sociedad
y cultura local. Respetando tradiciones, formas de vida, modos de trabajo, entorno
y medio ambiente, pero sin que haya una barrera entre ellos. Convirtiendo estos
elementos en un medio para atraer turistas, y que estos además, no sólo
vengan a tomar el sol y ver, sino también a empaparse de la cultura,
tradiciones y modos de vida de las personas que vivimos aquí.
En La Gomera nos movemos en diferentes velocidades y parámetros de desarrollo.
Mientras que en los pueblos del Norte: Hermigua, Vallehermoso, Agulo muchos
suspiran por un desarrollo al “estilo de Valle Gran Rey”, hay otras
muchas personas que son conscientes de que el desarrollo de sus localidades
pasa necesariamente por la potenciación equilibrada de los diferentes
sectores económicos. Son municipios que basan su economía en la
agricultura y la ganadería, aunque sin menospreciar otras fuentes de
riqueza relacionadas con su cultura popular (por ejemplo la artesanía)
o sus valores naturales. Actualmente el turismo está aumentando en estas
zonas, sobre todo por la grave depreciación que sufren otros lugares
como Valle Gran Rey, San Sebastián,...
Apliquemos ahora las palabras mágicas: “necesitamos más
camas turísticas”. ¿Por qué construir grandes complejos
que terminarán convirtiendo cualquiera de estos pueblos en una urbe tipo
Las Américas, Maspalomas o El Puerto de la Cruz? En contra de esto, podríamos
rehabilitar viviendas tradicionales, pajares en ruinas y fomentar un turismo
rural que permitiría conservar el entorno atrayendo a su vez a unos visitantes,
que respeten y disfruten nuestros paisajes, tanto como nosotros. Un turismo
que no requiere de inversiones millonarias ni dilapidar nuestro patrimonio natural.
¿Qué
pasaría si además aplicáramos fórmulas para que
volviera a ser medianamente rentable vivir de la agricultura? Por ejemplo primando
a los propietarios de fincas para que las tuvieran plantadas, reduciendo cargas
fiscales como la contribución. O si además ponemos en marcha talleres,
para que los visitantes puedan pasar, uno o dos días trabajando, codo
con codo, con estos agricultores, aprendiendo como se cultiva, como se riega,...
Es decir, ofertar al turista un abanico de actividades que lo enganche y que
le enseñe a respetar y admirar lo que somos, convirtiendo su estancia
en una experiencia de aprendizaje y no sólo de descanso.
Nos daríamos cuenta con el paso de los años, que aplicando una
inversión muy baja, conseguiríamos un entorno mejorado, ya que
aumentaríamos la superficie verde y reconstruiríamos edificaciones
en ruinas. Revalorizando y rentabilizando nuestro patrimonio natural y nuestra
cultura popular. Aumentando así la riqueza y el nivel de vida de aquellos
que ya residen allí y que no tendrían que cambiar su forma de
vida.
Sabemos que a la par que éstos, existen otros modelos “igualmente
válidos”, por lo menos para ciertos políticos locales, de
“desarrollo sostenible” (o quizás insostenible). Imaginemos
Valle Gran Rey 1965: un paraíso para cientos de turistas que, aunque
no podían quedarse en lujosos hoteles o grandes complejos turísticos,
repetían año tras año aumentando en número.
Valle Gran Rey mantuvo un desarrollo normal, teniendo en cuenta su carácter
meramente pescador y agricultor, hasta el momento que las instituciones locales
empezaron a mirar ciegamente por el turismo olvidándose por completo
de la base de ese sector. En otras palabras, se quiso explotar un árbol
que comenzaba a dar frutos, olvidándonos de regarlo, podarlo,…,
en resumidas cuentas, cuidarlo.
Treinta años después, nuestros vecinos han tenido que dejar las
plataneras, porque es imposible vivir de ellas si te pagan 5 céntimos
el kilo. Se han colgado los aparejos porque es más fácil construir
4 apartamentos sobre casa y subsistir de ellos. Eso sí, tenemos buenas
carreteras de dos carriles, aparcamientos con árboles y aceras. Pero
en el Llano de Vueltas ya no hay plátanos como los llegué a ver
yo, con mis cortos 23 años, y en parajes privilegiados como El Entullo,
El Picacho... se ha fabricado indiscriminadamente. Y en el callejón de
la Playa hay que quitar plátanos y talar palmeras.
Ahora nos acogemos al “modelo canario de turismo”: atraer turismo
de “calidad” con puertos deportivos y campos de golf. Estamos agotando
nuestros recursos, y los turistas ya no vienen como antes. Hemos dejado que
se construya como sea y donde sea. Hemos cambiado plataneras y palmeras por
cemento y asfalto. Hemos cambiado pesca y agricultura por turismo, sólo
turismo. Pero, ¿que pasará cuando no haya turismo?...
Lo único importante es que ya mis hijos jamás podrán ver
el Valle Gran Rey que yo vi, y que se sorprenderán al ver fotos y al
escuchar los relatos sobre el vergel que un día fue su pueblo.

La
Calera 1904 al 2004, un siglo de desarrollo
Dailos J. Dorta Barroso
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